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La Vida de Pi

Con ventas superiores a los siete millones de ejemplares y figurando durante años en las listas de los libros más vendidos, “La vida de Pi” de Yann Martel se convierte ahora en largometraje de la mano del director chino Ang Lee (Tigre y dragón, Brokeback Mountain), quién se sumerge por primera vez en el efecto estereoscópico.

Lee adapta una novela considerada, hasta el momento, imposible de rodar. ¿Motivos? Quizás el hecho de transcurrir la mayor parte de la historia a bordo de un bote salvavidas y que uno de sus principales protagonistas sea un tigre de Bengala.

Claro que a día de hoy no hay prácticamente ningún obstáculo que no se pueda solventar a golpe de efectos digitales. Y aquí éstos llenan la pantalla durante buena parte del extenso pero ameno metraje.

La historia comienza en Montreal, cuando un joven escritor en busca de inspiración se encuentra con Piscine Militor Patel (Irrfan Khan), un hombre que podría contarle una historia verdaderamente increíble con la que llenar las páginas de su próximo libro. ¿Y cuál es esa historia? Pues la de cómo sobrevivió a un naufragio a bordo de un bote salvavidas junto a un tigre de bengala (sic).

El encuentro entre el escritor y Piscine sirve a Lee para utilizar al protagonista de esta historia como principal narrador de la misma, lo que le permite efectuar de forma eventual pequeños saltos en el tiempo que nos devuelven al presente y que permiten aligerar la monotonía del relato, al mismo tiempo que se aprovecha para puntualizar en los pequeños detalles (lo que en primera instancia ya se resuelve con el bien empleado recurso de la voz en off).

Antes que nada, Piscine nos cuenta que fue criado en Pondicherry, la India, al lado de tigres, cebras, hipopótamos y otras exóticas criaturas dado que su padre (Adil Hussain) era propietario de un zoológico. La inquietud del joven le llevó a interesarse por la fe y la religión de distintas culturas, desarrollando su propia teoría de la vida y de la naturaleza humana (y animal) a través de un compendio de todas ellas. También nos cuenta, a través de una simpática anécdota, de dónde viene su nombre y cómo acabó adoptando la abreviatura de Pi.

A la edad de 17 años es cuando se ve obligado a abandonar su país natal y dejar atrás a su primer amor. El negocio familiar está estancado y sus padres deciden emigrar para conseguir una vida mejor. Para ello, se embarcan en un carguero japonés dirección a Canadá, con todo el zoológico a cuestas para poder venderlo a un nuevo propietario.

Desgraciadamente, el feroz temporal provoca el hundimiento del carguero y sólo Pi logra sobrevivir a la catástrofe. Ahí es cuando empieza su fantástica y gran aventura a bordo de un bote a la deriva en medio del Océano Pacífico con un peculiar compañero de viaje: Richard Parker, un enorme tigre de bengala más interesado en devorarle que en hacerle compañía.

Pi tiene que ingeniárselas de mil maneras para evitar acabar entre las fauces del tigre sin tener que deshacerse de él. Y es que Pi no le desea ningún mal al animal, por lo que tratará de amaestrarlo en medio del desolador panorama, como si mantenerse con vida en un bote en medio de la inmensidad del océano y hacer frente a las inclemencias del tiempo no fuera ya suficiente martirio.

Al principio, la situación no aventura éxitos, pero poco a poco se irá estableciendo una curiosa e inesperada relación entre ambos náufragos. El hombre y la bestia juntos con un único fin: sobrevivir.

“La vida de Pi” es una mágica y espectacular fábula cuyo mensaje (muy new age) puede calar mejor o peor, pero que sin duda no dejará a nadie indiferente.

Lee ofrece una clase magistral de cómo aprovechar la tecnología para contar una increíble historia con la que deleitar al espectador. Su portentoso despliegue visual llena la pantalla de vivaz colorido y de imágenes espectaculares, y los amantes del 3D seguramente vean recompensados esos euros de más que paguen por la entrada.

A título personal, considero el tramo inicial algo pesado (y un tanto naïf), pero una vez tenemos al Pi adolescente en escena (excelente trabajo del debutante Suraj Sharma), la película toma un fuerte impulso y el ritmo ya no decae.

Pero lo mejor aún está por llegar, porque lo que realmente deja huella es el tramo final; esos minutos en los que SPOILER — nos revelan “la otra historia”, y todo lo que hemos visto hasta el momento cobra un nuevo significado, mucho más profundo y cruel de lo que nos imaginábamos. Aunque en beneficio de un público mayoritario, se comete el error de explicar demasiado las cosas… La “explicación para bobos” en boca del escritor, quién repasa uno a uno los animales y los identifica con las personas reales a bordo del bote, está de más. No era necesaria.

El relato de Pi nos lo deja todo suficientemente claro, pero guionista y/o director no quisieron arriesgar y confiar en la perspicacia del espectador, por lo que nos lo recalcan con una explicación sencillita y rapidita, por si alguien no se ha enterado del carácter metafórico que se les otorgaba a los animales. – FIN SPOILER

En cualquier caso, el mensaje permanece. “La vida de Pi” aboga por la fantasía como válvula de escape, por la necesidad de creer en lo inconcebible para evadirnos de la realidad. Y no siempre de la misma manera ni con el mismo fin (de ahí que al mensaje se le atribuyan también connotaciones religiosas).

La historia de Pi es un viaje físico, emocional y espiritual lleno de peligros, pero en dónde también hay espacio para la esperanza. Una aventura contra la todopoderosa madre naturaleza y contra la propia naturaleza del hombre.

Una fábula sobre la fe y sobre la condición humana.

P.D. Hay un gran trabajo detrás de la recreación digital del tigre de bengala, tanto en su apariencia (generosamente realista) como en la naturalidad de sus movimientos. Sin embargo, el ser conscientes que de no hay tigre alguno delante del actor sino un mero efecto de ordenador (por lo menos la mayor parte del tiempo), le resta algo de emoción al relato.

  • Vía Pic | elseptimoarte.net

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No sólo de terror vive el cine de género patrio, y poco a poco empezamos a ser testigos de la creciente tendencia en los cineastas de este país por acercarnos a otro tipo de propuestas.

Películas como la reciente “Lo Imposible” (cine catastrófico) o “Eva” (ciencia-ficción), son buena prueba de ello, aunque no siempre es necesario contar con un elevado presupuesto y efectos digitales del copón para rodar algo diferente y sugerente para el espectador. Basta con tener una buena idea entre manos y saber llevarla cabo con los medios adecuados y/o disponibles.

Precisamente, el guionista del último éxito de Bayona y autor también de “El orfanato”, Sergio G. Sánchez, es quién se encarga, junto a Jorge Guerricaechevarría (colaborador habitual de Alex de la Iglesia), de trasladar a la gran pantalla la novela homónima de David Monteagudo, ‘FIN’, todo éxito de ventas elogiado por la crítica.

La historia gira en torno a un grupo de viejos amigos que, tras años sin verse, se reúne de nuevo para pasar un fin de semana en una casa en la montaña. La reunión, amena al principio, empieza  a torcerse cuando un turbio episodio del pasado sale a relucir. Mientras el ambiente se crispa, se sucede ante ellos un extraño fenómeno que, sin explicación aparente, les deja completamente aislados del mundo.

A la mañana siguiente deciden salir en busca de ayuda, y será cuando sean testigos de la magnitud del incidente ocurrido durante la pasada noche.

Como decía al inicio, no son necesarios grandes medios para rodar algo que se aleje de lo convencional, pero sí es necesario tener la pericia suficiente para llevarlo a buen puerto. Y ahí es donde falla “FIN”.

Jorge Torregrossa, cortometrajista formado en EE.UU. y director de videos musicales, debuta en largometraje con una mezcla de géneros prometedora (thriller, ciencia-ficción, terror, survival…) pero torpemente desarrollada.

El problema no reside ni en la sobria puesta en escena, adecuada para el modo y el contexto en el que nos cuenta la historia; ni en la dirección de Torregrossa, sin alardes pero bastante dinámica (esos planos panorámicos…); ni en el reparto, que hace lo que puede con lo que le ha caído encima. El verdadero problema es el guión de Sánchez y Guerricaechevarría.

“FIN” es una propuesta que, por su temática apocalíptica, puede recordar a otras cintas como “Vanishing on 7th Street” o “El incidente”. Pero aquí de lo que se trata no es establecer comparaciones para restarle originalidad (de hecho, el punto de partida me sigue pareciendo estupendo, pese a todo lo que viene después), sino en la incapacidad de lograr que la historia funcione tras su más que interesante y enigmático arranque.

En el momento en el que los ocho protagonistas abandonan la casa de campo para averiguar qué es lo que está sucediendo a su alrededor, es cuando el castillo de naipes se derrumba. A cada paso que dan, más se hunden en el barro, hasta que al final son engullidos por completo.

En un contexto de estas características, con pocos personajes frente a lo que parece ser el fin del mundo o, como mínimo, el fin de la raza humana, el motor de la historia deberían ser, precisamente, los propios personajes; la manera de afrontar lo inexplicable; la tensión entre ellos por lo que acontece,  por el pasado que les une y por las diferencias que les separan.

La psicología de los mismos, sin embargo, se queda en un simple esbozo, por lo que el juego que deberían dar a lo largo del metraje se queda cojo y no da para más que un par de calentones verbales y alguna que otra confesión profunda.

Los mecanismos de los guionistas para hacer avanzar la acción residen básicamente en someter a los protagonistas a amenazas no internas sino externas, y todas ellas de carácter animal.  El recurso, por así decirlo, es siempre el mismo, y cada vez más impostado (y cansino).

La estampida inicial en el peor atajo del mundo que a uno se le podría ocurrir en pleno apocalipsis aún se puede tolerar, pero SPOILERS–  que sean perseguidos por una jauría de perros hambrientos apenas pasadas ni 24 horas del desastre, esto es, sin tiempo éstos a permanecer lo suficientemente desatendidos como para reaccionar de ese modo, resulta cuanto menos absurdo. Y del león de circo mejor ni hablemos – FIN SPOILERS.

El comportamiento a menudo histérico, sin sentido o directamente estúpido de los personajes no ayuda demasiado a sentir un mínimo de empatía, por lo que poco nos importa quién perezca en el camino y quién sobreviva hasta el final. Incluso a más de uno le deseamos una desaparición inmediata.

Otro punto en contra es que la tensión brille por su ausencia, y los momentos que deberían tenernos agarrados al apoyabrazos de la butaca terminen resultando involuntariamente cómicos (en ese sentido, el personaje de Carmen Ruíz se lleva la palma). Tan sólo los primeros minutos alcanzan las cotas de suspense deseados; el resto bascula entre lo insulso y lo risible.

ATENCIÓN SPOILERS El final abierto,  impregnado de esa alegoría cristiana que resuena discretamente a lo largo del metraje (no es fruto de la casualidad que el personaje de Clara Lago se llame Eva) FIN DE SPOILERS es la puntilla que termina de rematar al insatisfecho espectador.

Ignoro cuánto se parece  la película de Torregrossa a la novela de Monteagudo, y si los errores de ésta son o no herencia de la novela, pero lo que sí tengo claro es que se ha echado a perder una buena idea y la oportunidad de hacer buen cine postapocalíptico made in Spain.

Ahora queda esperar que a los hermanos Pastor les haya salido mucho mejor la jugada con “Los últimos días”.

 

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Golpe de efecto

En 2008, y con más de 50 años de carrera sobre sus espaldas, Clint Eastwood  anunciaba su retirada de la interpretación, afirmando que ya había dado al cine todo lo que podía dar como actor.

Una noticia que, a sus 78 años, nos parecía lógica y respetable, pero que no por ello dejaba de entristecernos. Aquel año estrenaba “Gran Torino”, en la que volvía a ejercer de director y actor protagonista, y que se convertía en todo un éxito de crítica y público, aunque luego fuese injustamente ignorada por la Academia.

Dicho filme  suponía su última aparición ante las cámaras, por lo que su visionado desprendía cierto regusto a despedida.

Pero nunca digas nunca jamás. Y si no que le pregunten a Viggo Mortensen o a Kevin Spacey, que anunciaron su jubilación anticipada antes de tiempo y ahí siguen, dando el callo.

Han pasados cinco años desde aquellas declaraciones, y Eastwood vuelve al redil con “Trouble with the Curve”, libremente traducida aquí como “Golpe de efecto”. Y lo más sorprendente es que regresa dejándose dirigir por un tercero, algo que no ocurría desde “En la línea de fuego”, hace ya casi veinte años. _

Gus Lobel (Clint Eastwood) ha sido uno de los mejores cazatalentos de béisbol durante décadas, pero, a pesar de sus esfuerzos por esconderlo, su edad empieza a pasarle factura.  Sin embargo, Gus se niega  a quedarse en el banquillo y sale de nuevo al campo a batear en lo que podría ser el último trabajo de su carrera. Esta vez, y pese a sus reticencias, cuenta con la inesperada ayuda de su hija, una talentosa abogada.

La película que nos devuelve al Eastwood actor supone el debut como director de Robert Lorenz, su socio productor de toda la vida (y su asistente de dirección en múltiples rodajes). Tras una serie de pulidas, Lorenz le entregó el guión a Eastwood, que aceptó salir de su breve retiro cediéndole la silla de director a su amigo para centrarse exclusivamente en Gus, un personaje hecho a su medida.

Gus Lobel es, lo que se dice, un viejo cascarrabias. Representa a la vieja escuela de cazatalentos, a aquellos que asisten a los partidos y que analizan con detalle a los jugadores; aquellos que perciben el talento desde las gradas.  Nada que ver con los ojeadores de ahora, alejados del campo de juego y más pendientes de las estadísticas que les dicta un ordenador.

Gus no desea jubilarse, pero quizás no tenga elección. El paso del tiempo no perdona y empieza a perder la visión, lo que automáticamente le dejaría fuera de juego. Los directivos de los Atlanta Braves comienzan a dudar de su criterio, así que su último trabajo es, quizás, la última oportunidad que tiene de demostrar que aún le queda cuerda para rato.

Pero no puede hacerlo sólo. Necesita ayuda, y ésta vendrá de su hija Mickey (Amy Adams), una empleada de un importante bufete de abogados de Atlanta cuyo esfuerzo y ambición están a punto de reportarle un jugoso ascenso.

Gus y Mickey nunca han mantenido una satisfactoria relación como padre e hija. Él no estaba preparado para ser padre soltero después de la muerte de su esposa, por lo que Mickey vivió un año entero con unos familiares y pasó el resto de su tierna infancia en un internado.

Ahora mantienen el contacto pero apenas hablan de cosas importantes. En los pocos momentos que pasan juntos, el béisbol monopoliza su conversación.

Gus siempre quiso lo mejor para ella. Las decisiones que tomó en el pasado, equivocadas o no, las tomó por el bien de su futuro.

Mickey se crió con el béisbol, aprendiendo de su padre todo lo que debía saber de este deporte. Y pese a los años que éste la mantuvo alejada no sólo de él sino también de las gradas, es la única persona que ahora puede echarle una mano.

Por supuesto, Gus se niega a ello, pero Mickey es tan testaruda como él, así que acabará acompañándole en su último viaje a Carolina del Norte para salvar su carrera, aunque eso suponga poner en peligro la suya propia.

Aunque ambientada en el mundo del beisbol, la historia de “Golpe de efecto” gira en torno a la relación padre e hija de los personajes que interpretan Eastwood y Adams, quienes demuestran tener un gran química en pantalla.

El contexto deportivo deja paso, pues, al drama familiar, aunque con un tono ciertamente ligero en donde predominan las pinceladas de humor.

También hay lugar para reflexionar sobre el paso del tiempo, la vejez, las responsabilidades y los sueños, así como para aportar unas dosis de romance a través del personaje de Justin Timberlake (Johnny Flanagan), un exjugador de béisbol reconvertido en cazatalentos que aspira a ser comentarista y que entre tanto no duda en tratar de conquistar el corazón de la hija del hombre que le descubrió.

Además, se aprovecha para reivindicar lo tradicional respecto a lo moderno, siendo así la antítesis de otra reciente película sobre béisbol, “Moneyball”.

La estructura de la cinta, el tipo de personajes que presenta y cómo se desenvuelven en pantalla, así como la resolución de sus conflictos emocionales responden a estereotipos de sobra conocidos.

Nada sorprende ni resulta especialmente novedoso. Eso convierte la ópera prima de Lorenz en una película de manual repleta de clichés (la escenita del lago es una plantilla utilizada hasta la saciedad).

Y sin embargo, un servidor se ha visto complacido por su amable sencillez y su falta de pretensiones.

Dada la presencia de Eastwood, quizás se espere de ella algo más que una correcta y agradable película de sábado por la tarde, que es básicamente lo que -en apariencia- pretende y consigue ser.

Eastwood está en su salsa y se nota. Y tenerlo de vuelta como actor es un regalo que merece la pena aprovechar aún cuando la película no sea el “gran regreso” que muchos esperaban o no vaya a situarse entre los trabajos más destacables y/o recordados de su filmografía.

“Golpe de efecto” es un ligero y tópico drama deportivo que ni engorda ni indigesta. Tanto la dirección como el guión resultan convencionales, pero el reparto (y ahí incluyo a Timberlake) le otorga un plus de calidad.

Para algunos puede que resulte insatisfactoria; para quién esto escribe, el resultado se ajusta a lo que uno le pide a este tipo de propuestas. Ni más ni menos.

  •  Vía póster | LaButaca.net

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Las valoraciones la catalogan como una de las grandes del año y las imágenes que nos han mostrado de momento no pueden ser más impactantes y esperanzadoras. Estamos ante una de las grandes obras cinematográficas del 2012.

La prensa especializada yanqui ya la nombra como una de las grandes favoritas a acaparar gran número de nominaciones a los Oscars y los comentarios de los críticos cinematográficos que han tenido ya el placer de ver ‘Lincoln’ no puede ser más explícitos y esperanzadores, dejando sus mejores piropos para consagrar a esta obra:

Time Out New York (Joashua Rothkopf): ‘Desafiantemente intelectual, compleja y verdadera en los tiempos que corren, ‘Lincoln’ no es la película que nos merecemos en esta temporada electoral’ (10/10).

Entertainment Weekly (Owen Gleiberman): ’‘La película es magnífica y envolvente. Nos sumerge en los últimos meses de la presidencia de Lincoln con una pureza que nos hace sentir transportados al pasado como si se tratara de una máquina del tiempo’.(10/10)’

The Hollywood Reporter (Todd McCarthy):’’El guion férreamente construido por Tony Kushner ha sido dirigido por Spielberg de una manera tan eficiente y tan poco pretenciosa que recuerda al Michael Curtiz de la Warner de la década de los cuarenta, y le proporciona a Daniel Day-Lewis la oportunidad de lucirse en la piel de su personaje’.(8/10)’

The Guardian (Katey Rich): ‘’Si la actual política americana fuera tan remotamente entretenida…’.(8/10)’

New York Magazine (Vulture) (David Edelstein): ‘‘Lincoln’ está claramente enfocada a merecerse la etiqueta peyorativa de biopic. Es suficientemente espléndida para hacerme desear que incluso Spielberg hiciera una precuela, en vez de otra de Indiana Jones’.(8/10)

Boxoffice Magazine (Pete Hammond): ‘No es realmente un biopic sobre el gran presidente, como el título podría indicar, sino una fascinante y comprensiva mirada al trabajo interno de los procesos políticos, y cómo se hacen o no se hacen las cosas en la Casa Blanca’.(8/10)’

Dos sobresalientes y cuatro notables. De momento la crítica está encandilada por este drama basado en la novela ’Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln’ de la ganadora del premio Pulitzer Doris Kearns Goodwin y que se centrará en los últimos meses de vida de Lincoln y de las tensiones que su decisión de abolir la esclavitud desencadenó en el interior de su propio gabinete.

A nosotros no nos queda otra que esperar hasta el 18 de enero de 2013, fecha de su estreno en nuestro país y ver más clips, como los que salen hoy.

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Si la estupenda “Casino Royle” nos devolvió con aires renovados (y, ejem, prestados de otra saga) al espía más famoso del cine, la desastrosa “Quantum of Solace” casi lo arruina todo, poniendo en peligro la solvencia de la reiniciada franquicia. Un “ligero” paso en falso que apenas se percibió en taquilla y que tampoco amedrentó a los productores para seguir adelante con este nuevo James Bond; un 007 menos sofisticado pero mucho más humano y vulnerable que sus predecesores.

Dicha continuidad, no obstante, se ha hecho derogar debido a los problemas financieros que atravesó MGM en 2010, declarándose en bancarrota y provocando un inevitable parón en la producción de la vigésimo tercera entrega de la saga (entre otros proyectos que también se vieron afectados).

Pero como reza el dicho, más vale tarde que nunca. Además, parece que ese obligado descanso (el mayor entre una entrega y la siguiente dentro de un mismo ciclo, siempre que no tengamos en cuenta la no oficial “Nunca digas nunca jamás” protagonizada por un viejuno Sean Connery) le ha sentado bien, o al menos ha servido para tomarse la tarea con más calma.

Tras el fracaso de la última y fatídica misión de James Bond, la identidad de varios agentes secretos en distintos puntos del planeta queda al descubierto. Al mismo tiempo, alguien atenta contra la sede del MI6, lo que obliga a M a trasladar su agencia. Debido a estos sucesos, su autoridad y posición al frente del MI6 se verán amenazados por Mallory (Ralph Fiennes), el nuevo Presidente del Comité de Inteligencia y Seguridad.

A raíz de las amenazas internas y externas a las que se enfrenta, M no tiene otra opción que recurrir al único aliado en quien puede confiar: James Bond, quién regresa de entre los muertos para seguirle la pista al misterioso Silva (Javier Bardem), cuyas letales y ocultas motivaciones están aún por desvelarse.

Esta tercera entrega con Daniel Craig en la piel de Bond llega en plena celebración del 50 aniversario, y precedida de entusiastas críticas que la tachan de ser “la mejor de la saga”. Una afirmación que de tan extendida parece haberse convertido en una verdad incontestable. Nada más lejos de la realidad.

No sólo no es la mejor entrega de la saga (tampoco sabría decir cuál lo es, la verdad), sino que tampoco supera a “Casino Royale”. ¿Es eso un problema? Para nada, porque aunque las comparaciones sean algo odiosas, lo cierto es que “Skyfall” es un solvente entretenimiento y un filme de James Bond lo suficientemente bueno como para contentar a los incondicionales.

Sam Mendes ha asumido la dirección del filme algo por encima de lo que supone un habitual trabajo de encargo, relegando la acción a un segundo plano en favor de los personajes, a los que –con la ayuda de los guionistas- dota de mayor peso en la trama. De hecho, ésta gira alrededor de M, con quien el villano tiene una fijación especial cuyo origen iremos descubriendo a medida que avance el metraje. En medio del meollo se encuentra, obviamente, nuestro omnipresente protagonista, un Bond algo tocado física y emocionalmente tras su última misión, pero igual de predispuesto a servir a Inglaterra.

El pasado juega aquí un papel importante y vital para comprender las distintas conexiones entre el trío protagonista. Desde las razones que motivan el deseo de venganza de Silva para con M, hasta el vínculo afectivo materno-filial entre ésta y Bond. Una relación que, dicho sea de paso, no queda del todo bien asentada (con tanta puyita, M y Bond parecen más bien un matrimonio antes que cualquier otra cosa). Eso sí, aprovechamos para redescubrir a Bond y sus orígenes, que nunca está de más.

Esta particular introspección emocional resiente, en ocasiones, el ritmo de una película empeñada en ser profunda pero sin olvidarse tampoco de lo que significa ser “una película de James Bond”, es decir, un espectáculo para la evasión. Estos mimbres de mayor calado sirven, en primer lugar, para elevar al villano por encima de su clásico “super plan maquiavélico”; y en segundo lugar para permitir, no sin cierta trascendencia melancólica, los cambios que esta película desea introducir de cara a las siguientes entregas (SPOILER– el relevo de Mallory/Fiennes como el nuevo M –FIN SPOILER).

Dentro de este nuevo ciclo, “Skyfall” avanza, con respecto a sus predecesoras, en la reintroducción de algunos de los elementos característicos e imprescindibles de la saga que tanto se echaron de menos en “Casino Royale”. Hay mucho más humor, esto es, frases graciosas y lapidarias a diestro y siniestro y, a veces, dirigidas exclusivamente al espectador; tensión sexual no resuelta entre Bond y la agente Eve (Naomie Harris), un claro indicativo del rumbo que tomará este último personaje (una sorpresa se ve venir a leguas, aunque no por ello deja de ser bienvenida); y reaparición de personajes emblemáticos como Q, al que se le han quitado años de encima para convertirlo en un joven informático/empollón al que no le tiembla el pulso a la hora de contrarrestar los sutiles ataques verbales de Bond.

Con Q vuelven también los sofisticados gadgets, aunque en menor cantidad y mucho más discretos, por no decir “sosos”. Vale que se quiera impregnar al Bond del s. XXI con un mayor grado de realismo, pero los gadgets fantasiosos (siempre dentro de unos límites permisibles) son un divertimento adherido al personaje, parte de su patrimonio, y es algo que se sigue echando de menos. Pero parece que para este tipo de cosas tendremos que conformarnos con Ethan Hunt y sus misiones imposibles (a “M.I.: Protocolo Fantasma” me remito).

En cualquier caso, estos detalles puntuales ayudan a que Skyfall tome consciencia de sus raíces, pese a que en todo momento parezca querer huir de ellas y no tener muy claro todavía el rumbo que desea tomar este reinicio. Un reinicio que, por momentos, parece olvidarse de los dos filmes que le preceden, como intentando ser un “reinicio del reinicio” (suena un tanto rocambolesco dicho así).

Skyfall se decanta por algo más tradicional para con el personaje (por mucho que ahora beba cerveza, un detalle finalmente insignificante), pero sin abusar de sus hábitos. Quizás su mayor problema es querer funcionar a demasiados niveles, no terminando de alcanzar al 100% sus pretensiones artísticas.

El tratamiento más profundo de los personajes es algo inusual (o poco frecuentado a lo largo de la saga), así como la solemnidad dramática con la que se están encarando las nuevas tramas, lo que por otra parte la emparenta, como algunos críticos ya han apuntado, al Batman de Nolan. Y conste que aquí la comparación no es gratuita (de serlo, ni lo mencionaría en esta crítica).

Silva recuerda, por momentos, al Joker de “El caballero oscuro” (SPOILER– su plan maestro está orquestado de forma muy similar –FIN SPOILER), y entre la orfandad de Bond y Wayne cada vez se establecen mayores paralelismos. Esto pone a punto de caramelo la posibilidad de que el director más querido de la Warner se encargue de una futurible secuela (el propio Nolan ha mostrado su interés en rodar una película del agente 007, aunque no necesariamente al actual encarnado por Craig). Incluso sería un movimiento lógico y coherente dentro del tono que se ha ido instaurando a lo largo de estas tres nuevas películas.

Las influencias aquí son evidentes, y quizás no tan necesarias para un personaje como Bond. Quizás no necesite ser más humano y complejo, pero es lo que está predestinado a ser (por el entorno, por las modas, por los gustos cambiantes del público…). O lo tomas o lo dejas. No hay vuelta de hoja.

Asumido esto, Skyfall juega en esa línea con más virtudes que defectos y, como ya digo, recuperando señas de identidad absolutamente necesarias para que Bond se distinga por encima del resto.

Probablemente por ese motivo la prensa se deshaga en elogios y emplee frases del tipo la mejor de la saga, el mejor Bond, el mejor villano y bla bla bla (puestos a seguirles el juego, yo digo que tiene “la mejor fotografía de la saga”, y me quedo tan ancho).

Y es que la franquicia se ha caracterizado siempre por una superficialidad asumida con descaro y sin complejos (más bien con orgullo) en afán del mero entretenimiento. Con el Bond de Craig, en cambio, se está intentado ofrecer “algo más”; menos fantasmadas y más chicha, personajes con más entidad y acción más dosificada y sin necesidad de ser el principal reclamo. El invento no termina de brillar en todo su esplendor (le falta poco), pero va estableciendo sus bases y cogiendo fuerza, de modo que, salvo otra pifia monumental tipo “QoS”, la vigésimo cuarta entrega debería ser, ya sí, el bombazo definitivo, dónde espectáculo y sentimiento se den de la mano cuál almas gemelas, y dónde el nuevo Bond empiece a avanzar con paso firme, sin medias tintas.

Vale la pena, de todos modos, destacar que “Skyfall” ofrece un villano de altura de la mano de un Bardem apoyado, sólo en parte, en su estrafalaria caracterización (¿un guiño al Christopher Walken de “Panorama para matar”?), y que aborda el histrionismo con milimétrica cautela (sin pasarse de risible). Un personaje torturado, vengativo y retorcido que, en ciertos aspectos, se eleva como la perfecta antítesis de Bond. Quizás el momento “homoerótico” que ambos comparten esté de más, pero lo cierto es que acaba resultando de lo más divertido. Silva deviene en un villano, en el fondo, genuinamente bondiano, y que por fortuna evita caer en el clásico estereotipo latino (no es un narco, que ya es mucho)

Esa antítesis entre uno (Bond) y otro Silva) no termina de explorarse concienzudamente. Es algo que se sugiere, pero no se exprime, pasando a ser una rivalidad mucho más simple: tu eres el malo y yo soy el bueno; punto y pelota.

A un nivel más técnico, Mendes da una lección de cómo hay que rodar una persecución. Sin marearnos ni aturdirnos, sabiendo en todo momento quién es quién y dónde están. La clásica apertura inicial es cañera, y el resto tampoco se quedan atrás. También nos regala algún que otro momentazo para el recuerdo (ese maravilloso enfrentamiento a contraluz) gracias a su elegancia y saber hacer en la puesta de escena.

Y para terminar, mención especial a Adele y su tema principal para la banda sonora, también sumamente bondiano y elegante. Tanto voz como melodía le sientan como un guante a la cinta. No han arriesgado nada, y eso es lo mejor que podían hacer.

 

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“No quiero hablar de esa mierda de los viajes en el tiempo, porque si empezamos vamos a estar aquí todo el día haciendo diagramas con pajitas”.

Esta cita de ‘Looper’, que es de esas que se nos quedan en la sesera para toda la vida, no sólo por su ingenio en sí misma sino por lo que significa dentro de la película, resume a saco las pretensiones del filme.

La cinta de Rian Johnson no se hace “pajitas” mentales con el tema de los saltos del futuro al pasado, precisamente los que permiten que se vean la cara en un mismo momento temporal un Joe jovenzuelo (Joseph Gordon-Levitt) y su mismo yo ya pureta (Bruce Willis), y que entre otras cosas éste último le suelte esa frase implacable.

Johnson te mete en la primera media hora más o menos todo el rollo argumental de partida del largometraje, de forma sencilla, para no comerse metraje con más explicaciones: hasta dentro de 60 años, más o menos en en el 2074, no se habrán inventado los viajes en el tiempo, pero una vez inventados se prohibirán legalmente.

Sin embargo, los sindicatos criminales del futuro, un período en el que se ha vuelto extremadamente difícil deshacerse de los cadáveres, comienzan a enviar a sus víctimas al pasado, hasta un 2044 gris y mugriento, que es cuando Joe y otros ‘loopers’ pueden eliminarlos con impunidad.

Y el procedimiento es fácil: Joe se encuentra en un campo con un reloj de bolsillo, espera a que su víctima aparezca esposada y encapuchada en una lona que está cuidadosamente diseñada para la asesina ocasión, y cuando aparece la mata a bocajarro con un arma de corto alcance, un trabucón.

Sin embargo, hay un pequeño problema en este trabajo: con el fin de atar los cabos sueltos, las organizaciones criminales del futuro que utilizan a los loopers, los cuales están bajo el mando de un cabecilla enviado del año 2074 al pasado, eventualmente les obligan a matar a su yo del futuro para cerrar el círculo.

Y, claro, el pollo se forma cuando el yo futuro de Joe aparece en su lona un día en el que no está demasiado entusiasmado por tener su bucle cerrado, y éste se le escapa.

A las alturas en la que ocurre esto uno ya está perfectamente familiarizado y enganchado a lo que transcurre en la pantalla y digiere al tirón y con facilidad lo que vendrá inmediatamente después, que no es otra cosa que un thriller inteligente, imaginativo e impredecible, bien escrito, con varios bucles latentes y conflictos morales y personales que te mantienen reflexivo y atrapado (y que es preferible que los vayáis descubriendo al paso de la peli).

Pero sobre todo, es una película de ciencia ficción con corazón. Algo que falta en las fastuosas megaproducciones de Hollywood atiborradas de CGI.

Eso sí, no se libra de tener algunas inevitables pinceladas inspiradoras de ‘Blade Runner’, ’12 monos’, ‘Terminator’ e incluso ‘Regreso al Futuro’, construyendo un escenario que ya conocemos.

Cualquiera podrá creer que a mitad del filme Johnson suelta el acelerador de forma innecesaria, para entrar en un terreno del drama inusual en este tipo de producto en apariencia de “correcalles”, pero como yo lo veo, y por el desenlace del largometraje, era algo absolutamente imprescindible para acrecentar esa empatía del espectador con la historia, para darnos ese corazón suyo y nosotros el nuestro.

Alimenta esa empatía también la gran labor repartil. Lo único de Gordon-Levitt que chirría es su caracterización de un supuesto Bruce Willis joven, aunque el esfuerzo por parecer él, incluso en los gestos, es de agradecer; por lo demás, su sobriedad y entrega planta bien al personaje, a pesar de su juventud.

Bruce Willis en su salsa. Con esto está todo dicho, se entrega al 100% en estas producciones. Y Emily Blunt, en el rol de una dura madre soltera con un niño un tanto especial, rompe con estereotipos personales de otras cintas.

Por su parte, Jeff Daniels es un clásico, son de los pocos que le dan empaque a frases tan triviales como “estos viajes en el tiempo te pueden freír el cerebro como un huevo”.

‘Looper’ podría soportar sobradamente en sus hombros el calificativo de “una de las películas del año”, de esas que veríais más de una vez. Un ‘must-see’ en toda regla.

  • Vía póster | LaButaca.net

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‘Lo imposible’ supone un soplo de aire fresco para el cine español, algo que de veras necesitábamos en un año que no pasará a la Historia como los mejores de nuestra industria cinematográfica.

Eso sí, esta cinta de Juan Antonio Bayona juega con cartas considerablemente mejores que otras producciones nacionales para poder destacar como la hace, y son los 30 millones de euros de presupuesto con los que ha contado, los cuales han dado para mucho, principalmente en cuanto al aspecto visual.

Y es que la película nos ofrece minutos realmente espléndidos en ese aspecto, con un despliegue de medios técnicos y una proeza de efectos visuales realmente brutal, lo cual hace que la recreación del terrible suceso que argumenta el filme sea de una fuerza impactante, aparte de estar excepcionalmente rodada.

Así que se podría decir que ’Lo imposible’ recrea de forma sobresaliente, y escalofriantemente realista, la catástrofe acontecida por el tsunami que asoló el sudeste asiático a finales de 2004, causando un desastre natural y humano terrible.

La lástima es que la potente campaña publicitaria que la ha arropado no ha dudado en enseñarnos gran parte de sus escenas más sobrecogedoras, cosa que sinceramente creo que jugará en su contra al privar al espectador del factor sorpresa.

Lo que es evidente es que Bayona ha utilizado toda su capacidad técnica al servicio de la producción para intentar que con el devenir de los acontecimientos en este atroz suceso el espectador empatice y sienta un fuerte apego con los protagonistas.

Pretende que nos sintamos como si estuviéramos viviendo nosotros mismos los terribles hechos sufridos por esta familia, que lo único que querían era disfrutar de unas inolvidables e idílicas vacaciones. Que notemos la fuerza de la naturaleza, el dolor y la cruel desesperación por la supervivencia, algo que logra sin duda traspasar la pantalla de cine para situarse junto al espectador y llegar a tener la inevitable sensación de que lo que está viendo es una pura y cruda realidad.

Sin embargo, y a pesar de esa grandiosidad visual y de filmación, tras el tsunami viene la calma, y esta calma trae consigo que la película se centre exclusivamente en la terrible búsqueda de esta familia en encontrarse. Y en este ir y venir Bayona no sabe gestionar los hechos que acontecen en la misma medida que lo hace durante la anterior recreación de ese horrible suceso.

La historia del filme a partir de ese punto se hace previsible, decayendo incluso en ciertos momentos, y pecando en muchos de ellos de una inverosímilitud y sensiblería que le hace perder aquella credibilidad que tan bien recrea en la primera parte de la cinta.

Esto hace que ‘Lo imposible’, a pesar de haber podido aspirar a ser algo considerablemente más grande en su conjunto, de indudable e imborrable recuerdo, se convierta en un largometraje simplemente interesante, digno de ver y disfrutar, algo de lo que por otra parte tampoco es de desmerecer, ni de lo que tampoco podrán presumir otros filmes de los muchos que se proyectan en nuestros cines.

El magnífico reparto también es uno de los grandes sustentos de la película, el cual se apoya en dos pilares fundamentales: uno, la más que convincente Naomi Watts que asume el rol de principal protagonista y de nuevo vuelve a dar una lección más de maestría en esto de la interpretación. Ella solita consigue dotar de un dramatismo realmente impresionante en la llegada del tsunami.

El otro pilar, son las interpretaciones de los niños, que me han parecido asombrosas. Ewan McGregor, sí, aporta su cache y su tirón mediático a este filme, pero poco más. Sin duda, no será éste un papel por el que sea recordado como los mejores dentro de su valorada y extensa filmografía.

En conclusión, ‘Lo imposible’ es una película recomendable de ver, con sus pro y sus contras, y a la que entiendo que hay acudir dejándose llevar por su historia de supervivencia excepcionalmente rodada. Si consigue engancharos cuando llega la ola sentimental, seguro que os parecerá magistral e inolvidable.

  • Vía póster | LaButaca.net

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La llegada de “Salvajes” a nuestras carteleras coincide con su reciente proyección en el Festival de Cine de San Sebastián, dónde ha tenido una acogida más bien dispar entre los asistentes.

Precisamente en dicho Festival, tanto su director, Oliver Stone, como uno de los integrantes del reparto, John Travolta, han sido obsequiados con un Premio Donostia, uno de los galardones más apreciados del certamen dado su carácter honorífico.

Y no seré yo quién le reste méritos a ambos para merecer tal reconocimiento (y menos en el caso de Stone), pero hay que reconocer que este año los premios Donostia se han repartido como churros.

Premios a parte, la película supone una nueva oportunidad para el cineasta de seguir en la brecha y recuperar algo del prestigio que se le negó con su anterior trabajo, la injustamente denostada secuela de “Wall Street”.

Ben (Aaron Taylor-Johnson) y Chon (Taylor Kitsch) son dos amigos de Laguna Beach que comparten novia y negocio. Como socios, se dedican al cultivo y distribución de una marihuana de excelente calidad. Su chica es Ophelia (Blake Lively), aunque ella prefiere que la llaman por su diminutivo, O. Los tres disfrutan juntos de la vida sin molestar a nadie. Sin embargo, llega un día en que su lucrativo negocio llama la atención del cartel mexicano liderado por la despiadada Elena, apodada “La Reina” (Salma Hayek), a quién secunda su brutal mano derecha Lado (Benicio Del Toro) y Alex (Demián Bichir), un abogado sin escrúpulos.

Elena exige asociarse con Ben y Chon, pero los jóvenes rechazan su propuesta de negocio. Es entonces cuando el cartel decide secuestrar a O exigiéndoles como rescate el dinero que han ganado durante los últimos cinco años. Aunque en principio los jóvenes se muestran dispuestos a pagar, no tardarán en idear un plan para rescatar a su chica y vengarse de sus secuestradores.

Lo último de Stone es un thriller criminal a secas, sin ningún tipo de discurso político o social que pueda ser  objeto de polémica, más allá de las consideraciones personales que pueda suscitar en cada uno de nosotros la historia que el director nos cuenta. Una historia, por cierto, basada en la novela negra superventas de Don Winslow, la cual está incluida en el Top 10 del New York Times de 2010.

El trío –y nunca mejor dicho- protagonista lo conforman una chica y dos chicos muy distintos entre sí.

Chon, un exsoldado desencantado del mundo que le rodea, fue miembro de los SEAL de la Marina estadounidense y luego mercenario. Es un tipo duro afín a la ley del más fuerte. Su modo de solucionar los problemas pasa siempre por la violencia.

Ben, por el contrario, no tiene nada que ver con su amigo. Es un joven pacífico y caritativo que emplea su tiempo y el dinero que gana con la venta de marihuana para intentar hacer del mundo un lugar mejor, especialmente para los más necesitados.

Ben y Chon son el yin y el yan, pero se complementan a la perfección. Les une no sólo una larga amistad y un negocio en común, sino también su amor por Ophelia, con quién comparten sus vidas y sus corazones.

Ophelia necesita a ambos para sentirse completa. Necesita la ferocidad de Chon y la bondad de Ben. Tal como lo describe ella, cuando le apetece echar un buen polvo, tiene a Chon para satisfacer sus necesidades; y cuando desea hacer el amor, es Ben quién la complace. Los tres forman un matrimonio perfecto y bien avenido. En su caso, tres no son multitud sino la cifra perfecta. Pero en su idílico estilo de vida se entromete Elena, y a partir de ese momento ya nada volverá a ser como antes…

La intromisión de “la Reina” del cartel mexicano en su mundo perfecto es más que el inicio del fin de un bonito negocio. Es un punto de inflexión en la vida de Chon, Ben y Ophelia; sobre todo de estos dos últimos, que ya no serán los mismos tras los acontecimientos que se sucederán después de su primer encuentro con el cartel.

Stone nos sumerge en una guerra sin cuartel contra el imperio de la droga. En principio, parece una lucha desigual cual David y Goliath, pero los protagonistas no tardarán en encontrar la piedra que les ayude a vencer a la bestia, aunque por ello deban sacrificar todo lo que tienen y confiar en aquellas personas de las que uno no siempre se puede fiar.

Y es que si algo comparten gran parte de los personajes de la trama, es que la confianza entre unos y otros es más bien escasa.

Despiadados traficantes rivalizando por quedarse con el mercado, un agente corrupto de la DEA (John Travolta) tratando de sacar su parte del pastel, y en medio dos jóvenes empresarios que han crecido demasiado como para seguir pasando desapercibidos. Y nadie es de fiar porque lo que está en juego, para unos y otros, es muy valioso.

Stone logra contarnos esta historia de amor, poder y venganza sin escatimar en violencia, empleando alguna que otra trampa narrativa (SPOILERS– la pequeña mentirijilla que nos suelta O al inicio, y ese innecesario y más bien gratuito doble final – FIN SPOILERS), y reduciendo sus excesos visuales y narrativos a niveles más que aceptables. Vamos, que esta no es otra “Asesinos natos”, y para quién esto escribe, eso es un alivio.

La ausencia de discurso crítico (aunque sí se intuye cierto posicionamiento a favor de legalización de la marihuana) permite al director centrarse exclusivamente en la evasión que ha de proporcionarnos durante estas largas –demasiado- dos horas salpicadas de sexo, violencia, ambición, traición, amor, amistad y sucia maldad. Stone logra su propósito no sin ciertos altibajos, pero con suficiente garra y descaro como para no lamentar en absoluto su visionado.

Si bien parece difícil que volvamos a recuperar al Oliver Stone de JFK o Platoon (por poner un par de ejemplos de sus mejores trabajos), es posible que con “Salvajes” se reconcilie con aquellos que ya lo daban por acabado. Por lo menos sigue mostrando buen hacer dentro de su faceta más apolítica y menos provocadora.

De paso, nos obsequia con una Salma Hayek desatada (y un pelín sobreactuada), un Benicio Del Toro deliciosamente cruel, un Taylor Kitch para el que aún hay esperanza en el cine (pese a John Carter y Battleship) y un Aaron Johnson que pide a gritos un papel protagónico a la altura de unas capacidades aún no debidamente exploradas.

Ah, y también recuperamos a Travolta, que aunque acumule tantos kilos de más en el cuerpo como liftings en la cara, sigue molando lo suyo.

  • Vía Pic  | septimoarte.net

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